Bobby Diamant, el barman tóxico del boxeo.

Escrito por: LUIS M. ALONSO
El boxeo ha vivido mejores momentos y su tragedia no siempre épica encierra episodios dignos de ser contados. El reciente escándalo por el envenenamiento de unos futbolistas peruanos con agua adulterada, incluso los numerosos casos de dopaje en el ciclismo sirven para recordar que algunos de los mayores tongos en los cuadriláteros se debieron a fórmulas magistrales que tienen que ver con la coctelería tóxica. Uno de los mayores especialistas fue un sujeto llamado Bobby Diamant.

Diamant debería figurar con todo merecimiento en la historia universal de la infamia. Era un preparador de boxeo gordo con orejas de coliflor y un ojo de cristal. Entre los que oyeron hablar de él casi nadie recuerda dónde nació, pero sí que se hizo famoso por su habilidad para amañar combates de boxeo y envenenar a sus púgiles en los rincones del cuadrilátero. Eso fue lo que pasó con «Panamá» Al Brown, más conocido por «la Araña Negra»; el gitano Theo Medina, al que le puso estricnina en la bebida en una pelea en Londres contra Fitton y, en 1936, con nuestro Baltasar Sangchili, que cayó repentinamente al suelo y sin que nadie le hubiese tocado en el decimocuarto asalto de su combate contra Tony Marino. Marino, boxeador filipino americano, moriría un año después víctima de una hemorragia cerebral tras perseguir fantasmas por el ring dando guantazos y desplomarse finalmente de bruces sobre la lona en un fatídico combate con «Indian» Quintana en Brooklyn.

Diamant, además del demonio en persona, era el rey de los combinados. De hecho, se dedicó durante un tiempo a servirlos en la barra de un bar. A «Panamá» Al Brown lo champanizó, día a día, las semanas que precedieron a la pelea con Sangchili en Valencia. Con frecuencia, Diamant traicionaba a sus boxeadores y se pasaba al contrario. Ese juego lo practicó durante años. Sus pócimas no las empleó sólo para tumbar al pupilo sino para reanimarlo de acuerdo con la conveniencia y el ritmo de las apuestas, echando mano del «doping». Robert Cohen, campeón de los pesos gallo, rememoró así un durísimo asalto con el siamés Songkitrat: «En el decimotercer round no tenía piernas. Al volver al rincón le dije a mi manager, Bobby Diamant, que tirara la toalla. Me dio algo para beber. En el catorce, el árbitro me levantó el brazo y era campeón del mundo. No me pregunten cómo regresé al vestuario porque no lo sé. ¿Qué bebí? Todavía estoy preguntándomelo».

«Panamá» Al Brown, en cambio, sí recordó durante mucho tiempo lo que bebió aquellos días de vino y rosas en Valencia antes de medirse a Sangchili y morder el polvo. El pintor Eduardo Arroyo cuenta cómo vigiló atentamente que el vaso del campeón panameño estuviese siempre lleno, a veces de veneno, la larga temporada del infierno antes del combate. En el pesaje, «la Araña Negra» había superado en 700 gramos el límite de los gallo. Lo que se le exige a un boxeador en esas circunstancias es que sude lo suficiente y vuelva a la báscula con el peso justo para enfrentarse a su rival en los términos que estipula el contrato. Pero Al Brown protestó; se había pesado en el hotel media hora antes y estaba dentro de los límites establecidos. Arroyo explica que las autoridades recorrieron varias farmacias en busca de un pesaje fiable y todas las básculas marcaban lo mismo. «La única báscula falseada era, precisamente, la que estaba en el cuarto de baño de su habitación: Bobby la había amañado. Se trataba de un engaño semejante al de Johnny Cuthbert años antes».

A Brown le costó bajar el peso para poder enfrentarse al boxeador de Torrente, un púgil rocoso y moderado en los vicios, pero que acabó siendo también víctima de Diamant, que lo noqueó con ponche amargo la tarde que precedió a su combate del Madison con Marino y después de haber vendido la pelea. «Le grand virtuose de ring», como conocían los franceses a Brown, era un boxeador fibroso, como una vara de bambú, ágil, estilista y técnico. En lugar de brazos poseía dos rifles. Dominaba como nadie la derecha y tenía gran capacidad para asimilar el castigo. Era un prodigio, pero le gustaban demasiado los muchachos, el coñac, la marihuana y el claqué. Y todo eso lo llevó a la lona en Valencia, debilitado como estaba, además, por el adelgazamiento al que tuvo que someterse.

Alfonso Teófilo Brown, que así se llamaba realmente el boxeador panameño nacido en Colón, se retiró arruinado a París para dedicarse al cabaret y ser «garçon» inseparable durante una temporada del escritor Jean Cocteau. El novio oficial de este último, el actor Jean Marais, llegó a decir que Alfonso apreciaba a Cocteau porque éste se bañaba sin vaciar el agua de la bañera que en ocasiones compartían.

En cuanto a Bobby Diamant, el barman tramposo, que había vendido el combate al de la esquina de enfrente, corrió junto a Baltasar Sangchili. Nunca dejó de agitar la coctelera.

Fuente: La nueva España.